Washington/Agencias.- La encuesta divulgada por CNN y ORC que situaba la contienda por la nominación republicana en un empate técnico entre Mitt Romney y Rick Santorum debe haber endulzado más el Día de San Valentín en la Casa Blanca que un kilo de besitos de chocolate. Cuanto más dure la agresiva primaria republicana, más aumentan las probabilidades del presidente Barack Obama de seguir en Washington el año que viene.
El problema para los republicanos no es en sí la duración de la campaña -Obama y Hillary Clinton mantuvieron vivo su duelo hasta prácticamente la Convención demócrata de 2008-, sino el tono agresivo en el que se desarrolla y obliga a todos sus participantes a mancharse en el lodo.
Sí, es verdad que Santorum ha sumado victorias, en parte, porque se mantuvo al margen de la pelea de gatos que protagonizaron Romney y Newt Gingrich en la Florida. Pero es difícil que ahora que la contienda se ha convertido en un duelo entre él y el exgobernador de Massachusets pueda seguir pulcro, especialmente cuando le lluevan las descalificaciones del otro bando.
Por eso es significativo un sondeo en el que se apuntaba que los votantes independientes tenían una peor opinión de los candidatos republicanos cuanto más los conocían, algo alarmante para cualquiera que sea el hombre que se enfrente a Obama en noviembre.
Tal vez por eso los números siguen favoreciendo al Presidente, que bate tanto a Romney como Santorum en las encuestas y por amplio margen. Eso, sumado al paulatino aumento de su popularidad (que ya ronda el 50%) y la reducción del desempleo mes a mes, ha devuelto la sonrisa a los asesores políticos demócratas, que no hace tantos meses se la veían cruda en medio de los temores de una recaída económica.
Además, en el debate con los republicanos del Congreso acerca de los impuestos a los ricos, el Presidente parece haber recuperado la energía y el equilibrio que sus seguidores tanto han echado en falta en los últimos dos años en los que -consideran- la Casa Blanca no ha sabido promover sus actuaciones y defenderse de los ataques de quienes les culpan de una crisis económica “heredada”.
La opinión pública parece estar más del lado de Obama que de sus opositores en la cuestión de la desigualdad y la necesidad de compartir los sacrificios de una situación económica que creen generó la codicia de Wall Street.
Claro, que a tantos meses vista de la cita con las urnas, numerosos imprevistos pueden pasar y lo que parece un horizonte soleado para los demócratas cubrirse de nubarrones, particularmente si el débil progreso en el frente económico se estanca, digamos, a causa de la crisis fiscal en la eurozona.
Obama puede saborear el buen momento, máxime tras lo oscuro que lo tenía a finales del año pasado, pero los responsables de su campaña se preparan para afrontar una dura contienda contra el rival que salga de las primarias republicanas, particularmente si es Romney, cuyo punto fuerte como candidato es la percepción de su dominio de la gestión económica.
Sonría, señor Presidente, pero no demasiado no sea que luego se le quede cara de ingenuo.




