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Por: Fidel AlcantaraCon el transcurrir del tiempo, en la República Dominicana se han producido algunos cambios que ameritan mencionarlos como estampas dominicanas. La educación, la música, y la misma sociedad han ido evolucionado de una forma tal, que ya no nos quedan vestigios de lo que era esa misma sociedad en la década de los años 1960 y los años 1970.
Todos nos quejamos y tratamos de culpar una segunda persona por las desgracias y por las cosas que estamos esperanzados y que nunca llegan. Pero, esa es nuestra idiosincrasia.
El pueblo dominicano, es todo música, folclor, canto, alegría, parrandas y una característica de creerse el mejor aunque con dificultad pueda deletrear su nombre. Es un pueblo con una auto estima por encima de los coeficientes normales.
A pesar de los inconvenientes de ser isleños y estar situados en el trayecto que cada año recorren los huracanes. Los Quisqueyanos los destruyen en la noche y al amanecer no queda rastro de que allá haya sucedido nada. Vaya que pueblo!
Para hacer eco de nuestras estampas, recientemente un pionero de la Bachata se quejaba de que accidentalmente incursionó en el contagioso ritmo que hoy es una gloria en ventas.
Pero que al principio fue abucheado y casi sacado de la calle y el mercado por considerarlo un depredador de la música bien orquestada con arreglos magistralmente elaborados y que gozaban del apoyo de una sociedad que todavía no aceptaba la música sin arreglos y que no obedeciera a ninguna de las normas ya establecidas para hacer música.
Este artista responde al nombre de Leonardo Paniagua, quien se siente muy orgulloso por ser el bachatero que primero cantó en la televisión y ser el primero en ofrecer un concierto de bachata en un teatro de la Avenida Duarte en la ciudad capital.
Dicho artista hoy acusa a dos notables figuras del ámbito artístico dominicano cuyo fenómeno de popularidad en su propia tierra es incomparable y el mismo pueblo no permite que nadie mancille el nombre del Fernandito Villalona (El mayimbe) ni el de Milly Quezada (La reina del merengue).
Según Leonardo muchas veces fue vejado por estas figuras del arte nacional de nuestro pueblo, quienes han adoptado el ritmo de bachata para incorporarlo a su repertorio musical y por tanto aumentar sus ventas.
En cierta ocasión Walter Mercado dijo en su espacio televisivo que al único árbol que se les arrojaban piedras era al árbol que daba frutos y esto es cierto.
A partir del fenómeno Villalona (el mayimbe) han querido usurparle el nombre todos aquellos que se han destacado en algo. Tenemos desde entonces el mayimbito, el mayimbe de la Bachata, la mayimba de la música típica, el mayimbe de los home run, el mayimbe de la política y en esto había un mayimbe de mayimbes que era el fenecido Dr. Balaguer.
Así somos los dominicanos. Al conversar con algunos desterrados económicos al igual que quien escribe esta columna, pero procedente de otras latitudes han querido ridiculizar el país con algunas epopeyas que no ritman con la realidad y la forma con que quieren satirizar a los dominicanos. Nos acusan de ser muy mal educados.
Que no sabemos pronunciar las letras correctamente al pronunciar una palabra y sobre todo el completar una oración en el sentido etimológico de la palabra. Cada pueblo tiene un acento que lo caracteriza y cada región de un país se distingue por sus estampas, sus tradiciones y sus costumbres. A este concepto no escapa la República Dominicana.
Cada región del país se distingue por algo, siendo la más notable la región del Cibao que aunque no hablan el idioma bien de acuerdo a los conceptos de la Real Academia de la Lengua, es la región más poderosa económicamente y los más orgullosos de su regionalismo que lo distingue como tal.
Para aquellos que nos critican por ser posesivos, emprendedores, amantes del dinero y la buena vida. Tengo para informarle que siendo un pueblo tan pequeño ha logrado que sus hijos sean grandes en todos los aspectos de la vida. Grande en las bellas artes, fabulosos en los deportes. Y aunque sea feo mencionarla también ha tenido grandes delincuentes.
Esto último no empañará el brillo de los nueve millones de habitantes que aun siguen progresando mientras otros se detienen a criticar sus logros. Somos orgullosos de nuestra lengua, de nuestra comida, de nuestras familias y sobre todo el orgullo patrio, que es ser dominicano.
