La segunda intervención militar de Estados Unidos a República Dominicana, de la que se acaba de cumplir 43 años, ha quedado como imperdonable afrenta perpetrada por la nación más poderosa de la tierra contra un pueblo pequeño y débil, cuyo único pecado fue intentar reencontrarse con la libertad y la democracia.
Miles de marines estadounidenses, disfrazados como “Fuerza Interamericana de Paz”, mancillaron el territorio nacional, con el pretexto de que salvarían vidas o de que evitarían que un puñado de supuestos comunistas se apoderara del Gobierno.
Si cruenta fue esa invasión militar del 28 de abril de 1965, heroica fue la resistencia desde la zona intramuros de miles de patriotas, civiles y militares, con más gana de morirse que de permitir ese ultraje a la dominicanidad ordenado por el presidente demócrata Lyndon B. Johnson.
En 1916 y hasta 1924, las tropas yanquis mancillaron por primera vez el suelo patrio, entonces con el pretexto de organizar las finanzas nacionales para poder cobrar deudas atrasadas, que fueron saldadas más de 30 años después, mediante el acuerdo Trujillo-Hill.
Papeles de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) revelan la activa participación de Washington en el derrocamiento del gobierno democrático del profesor Juan Bosch, el 20 de septiembre de 1963, bajo el manido argumento de evitar la infiltración comunista.
En vez de democracia, el régimen de facto del Triunvirato apadrinó miseria, represión y corrupción, lo que dio lugar a su desplazamiento por un movimiento cívico militar que procuraba el retorno a la constitucionalidad, acción que devino en una revuelta civil, el 24 de abril.
Ante la inminencia de que el profesor Bosch sería retornado al solio presidencial, Estados Unidos volvió a ofender a la humanidad al ordenar la intervención militar para impedir el anhelo colectivo de reponer la institucionalidad conculcada con el golpe de Estado de 1963.
El Goliat imperial recordará por siempre el valor e intrepidez de un David antillano que no pudo ser amedrentado por sus cañoneras ni portaaviones, porque al igual que en las cruzadas independentistas y restauradoras, el pueblo supo improvisar ejércitos del decoro que no pararon mientes ante la superioridad del agresor o del verdugo.
Al rendir tributo a los héroes y mártires que ofrendaron su vida en defensa de la soberanía nacional y a quienes sobrevivieron a tan desiguales combates, se reclama a buenos y verdaderos dominicanos nunca olvidar la afrenta perpetrada el 24 de abril de 1965, y que todos renueven el compromiso de emular el mismo fervor, valor y sacrificio si se repitiera ese ultraje.
(Editorial El Nacional)

Last Updated: February 8, 2012 at 12:59 AM
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